
Triunfo de la Santa Cruz sobre la Muerte, el Mundo y el Pecado (1691), de Antonio Cardoso de Quirós, popularmente conocida como la Canina, este paso procesiona cada año con la Hermandad Sacramental del Santo Entierro de Nuestro Señor Jesucristo en Semana Santa. Iglesia Conventual del Santo Sepulcro y San Gregorio, sede de la Hermandad del Santo Entierro, Sevilla. © Juanma Moreno.
La Semana Santa conmemora la pasión de Cristo, escenificando todo un periplo doloroso que se comparte en comunidad y que narra los episodios finales de su vida hasta su entierro y posterior resurrección. Pero no se trata solamente de la teatralización de un episodio bíblico; el cristianismo sostiene que con este sacrificio los fieles vieron por fin satisfecha la promesa de redención y salvación, venciendo con ello a la muerte. Pero ¿cómo se vence a la muerte? O, mejor aún, ¿cómo plasmar en imágenes este dogma tan complejo? Es aquí donde entra en escena una de las figuras macabras más antiguas y eficaces: la alegoría de la Muerte materializada en un esqueleto.
Será por tanto la Muerte, con su semblante amenazante y severo, la que protagonice alguno de los pasos más estremecedores, pero no siempre con el propósito de aterrorizar a los fieles o curiosos que se acerquen a presenciarlo (a veces sí, como veremos), sino con el objetivo de transmitir uno de los mensajes más importantes de todo el ciclo. Hay algunos pasos que son especialmente elocuentes, como el conocido popularmente como “la Canina” que recorre las calles de Sevilla cada Sábado Santo y cuya existencia se remonta hasta finales del siglo XVI.

Vista del Triunfo de la Santa Cruz sobre la Muerte, el Mundo y el Pecado. © Juanma Moreno.
La iconografía es más o menos común en buena parte de ellos: al fondo, la cruz vacía, acompañada de los elementos del descendimiento, señala que la muerte y el posterior entierro se han consumado. Frente a ella un gran esqueleto se sienta con gesto abatido sobre una esfera que simboliza el mundo. Ha dominado la vida terrenal con su guadaña, y sin embargo su semblante es melancólico. La seca se apropia así de un sentir netamente humano y que ella misma había contribuido a alimentar con sus amenazas. A su lado un dragón muerde una manzana que condensa también un profundo simbolismo: a través del fruto mordido por Adán cayó en el pecado la humanidad, pero Cristo será el encargado de redimir esa condena. Él no está presente, pues su cuerpo yace a la espera de la resurrección, pero un lema que cuelga de la cruz explica la consecuencia de su deceso y su definitiva victoria: Mors Mortem Superavit (la muerte ha vencido a la muerte).
El origen de este paso se sitúa a finales del siglo XVI e inicialmente cerraba la procesión del Viernes Santo (después se trasladará al inicio del cortejo del sábado para ofrecer una reflexión previa a la contemplación de la pasión). En esta época las obras tenían un carácter más efímero, montándolas anualmente con materiales no duraderos sobre una base más o menos fija. Así, serán múltiples los artistas que intervengan con añadidos, ajustes, actualizaciones iconográficas, etc. En este caso, sabemos que en una de estas renovaciones participó el pintor sevillano Juan de Valdés Leal, quien sumó al esqueleto –entre otros objetos– una corona y un manto que enfatizaban el reinado sobre el orbe que estaba a punto de sucumbir. Los lazos con sus Jeroglíficos de las Postrimerías del Hospital de la Caridad son constantes y evocarlos resulta inevitable. De nuevo, la Muerte irrumpe con su macabra presencia para sacudir nuestros sentidos, pero con una finalidad clara: desplazar el foco hacia el Juicio que vendrá cuando su alma sea segada con la guadaña. Finalmente, el escultor Antonio Cardoso de Quirós fue el encargado en 1691 de dar la forma definitiva al paso tal y como hoy lo conocemos.

Paso procesional de la Muerte (segunda mitad s. XVII), un esqueleto real que cada Semana Santa recorre las calles de Ateca (Zaragoza). © Francisco Pérez Inogés.
La Canina no es el único esqueleto que sale a la calle para exhibir y activar la iconografía de El Triunfo de la Cruz sobre la Muerte. En las poblaciones sevillanas de Alcalá de Guadaira, Alcalá del Río y Marchena procesionan pasos protagonizados por un compungido y resignado huesudo. También la Semana Santa de la onubense Aracena tuvo la suya –perdida durante los trágicos sucesos de 1936– y aún hoy “La Chacha” de Jerez de la Frontera y la “Muerte Pelá” de Jerez de los Caballeros –portada por niños en una escenografía que no puede ser más simbólica– siguen acaparando la atención de quienes se postran ante ellas. Pero quizá la más macabra de todas las “Caninas” sea la de Ateca (Zaragoza), elaborada con un esqueleto real que sale a la calle en el Santo Entierro al menos desde 1661. Los huesos pertenecieron a una mujer que sufría de artrosis y desde hace más de 350 años sigue recorriendo las calles de la población de manera cíclica. Hubo más huesos humanos subidos a los pasos procesionales, pero no todos lograron generar el necesario espíritu de recogimiento. En pleno siglo XIX, la Facultad de Medicina de Cádiz donaba todos los años un cuerpo para componer el paso, pero nadie imaginó que aquello se convertiría en objeto de mofa y de especulaciones por saber la identidad del finado.
En 1695, el escultor Nicolás de Bussy hizo para Orihuela (Alicante) el paso procesional de La Insignia de la Cruz, popularmente conocido como “la Diablesa”. En él, la cruz que simboliza la muerte de Cristo vuelve a imponerse a las amenazas de la Muerte y de la diablesa, que representa los pecados. Este paso se diseñó para evitar la desolación que generaba la presencia del cuerpo del hijo de Dios yacente y manifiestamente torturado. Con ello, el día no se cerraba con el entierro, sino con una visión consoladora de la resurrección y con un mensaje esperanzador de salvación.

“La Seta”, representación de la Muerte protagonista de la Semana Santa de Villafeliche (Zaragoza). © Rubén Eugercios.
Como se explica en el libro España macabra. La cultura de la muerte entre el Medievo y la Modernidad, en todo momento lo macabro nos propone un juego de espejos y de constantes paradojas que van definiendo su esencia y función. La Muerte debe ser amenazante y terrorífica, y sus consecuencias –cuerpos torturados, lacerados, ensangrentados– palpables y movilizadoras. Esta voluntad quedó manifiesta en los pasos en los que los esqueletos no están abatidos, sino que muestran una actitud amenazante, como el de “La Seta” de Villafeliche. Su porte aterrador buscaba generar un poderoso impacto en la sociedad. La muerte se hacía así presente y sumía a las personas que participaban de los fastos en un estado de alerta y temor. El efecto de lo macabro había cumplido su propósito; ahora, gracias a este juego especular, el mensaje redentor calaría con mucha mayor hondura.
Todas estas piezas condensan buena parte de las ideas que se exponen en el libro y nos permiten comprender uno de los ejes centrales de la estética macabra: evocar esa vida a la que solo se accede tras la irrupción de la fatalidad. Lo macabro nos enfrenta a la muerte, nos obliga a encararla. Pero tras ello aguarda una luz esperanzadora, un camino que antes se nos antojaba insondable. Los pasos siguen esta misma estrategia: escenifican de manera cíclica y emotiva un hecho fuertemente comandado por la tragedia como es la Pasión de Cristo y para ello se valen de un rico despliegue sensorial dirigido a toda una comunidad entregada. Al final, llega la resurrección y su promesa redentora, lo que a la postre no hace sino anular el poder destructor y amenazante que ha guiado los pasos de la Muerte. Ya lo anunciaba la epístola primera de San Pablo a los Corintios: “Ubi est mors, victoria tua” (¿Dónde está, muerte, tu victoria?)



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